- EL MAROJAL DE LA SIERRA DE ARAGONCILLO.
- EL MONASTERIO DE BUENA FUENTE DEL SISTAL.
- CONOCER LA COMARCA.
- ARAGONCILLO A MEDIADOS DEL SIGLO PASADO
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EL MAROJAL .CESAR SILGADO
El marojal de la sierra de Aragoncillo
Las
relaciones entre el hombre y la naturaleza han consistido en un equilibrio
en el que ambos se han entregado lo que el otro necesitaba. Este artículo
pretende mostrar ciertos aspectos del marojal de la Sierra de Aragoncillo,
un enclave natural de gran valor ya que son pocos los bosques de marojo
que se encuentran en buen estado de conservación en la Península.
El marojo
En
Aragoncillo contamos con dos bosques de calidad, el sabinar (que ocupa
los lugares de ambiente más frío y seco) y el marojal (que prefiere
la humedad de las umbrías), además de la peculiaridad del monte reforestado
con pinos, del cual prefiero no hablar. Se trata de dos entornos muy
diferentes. En esta ocasión, os propongo adentrarnos en el bosque de
marojos, el más desprotegido por las normativas y, como ya veremos
más adelante, el de un equilibrio más frágil.
No
me cabe la menor duda de que hemos sido muy injustos con el marojo,
tal es así, que muchos de los vecinos del pueblo desconocen su valor,
sus dimensiones, su riqueza, la fauna de su bosque. Este árbol, que
por los entornos así se le denomina, es conocido en otros lugares como
rebollo, melojo, roble negro, curco villano, tocío o tozo. En todos
los casos se refiere al llamado Quercus Pyrenaica. Los nombres de marojo
y melojo, registrados en distintas zonas de Guadalajara, parecen derivar
del término latino mollifolium.
Aún
tratándose de un tipo de roble no demasiado grande, su altura puede
alcanzar los 25 metros de alto, aunque creo que en nuestra sierra tendremos
que buscar con ahínco para encontrar ejemplares que tengan la edad
suficiente para siquiera acercarse a esta talla. Si nos fijamos en su
corteza la describiríamos como grisáceo-pardusca, gruesa y agrietada.
El tronco es recto y derecho con abundante ramificación. Sus inconfundibles
hojas son ovaladas, miden entre 8 y 14 centímetros y están perfiladas
por lóbulos, verdes en el haz y de un blanco aterciopelado en el envés.
Desde
la antigüedad se le encontró a la corteza y a la madera de este
árbol propiedades astringentes, aunque en verdad hoy día raro es que
nadie aconseje su aplicación.
Su
hábitat es el oeste y suroeste de Francia, la Cordillera Cantábrica
(donde se encuentran los bosques más extensos), la mitad norte penínsular
y sistemas montañosos locales de la mitad sur, excluyendo toda la zona
levantina, y zonas montañosas de Marruecos.
Su
floración se da de febrero a mayo y nos ofrece sus bellotas entre los
meses de octubre y noviembre.
Prefiere
un ambiente de humedad otoñal e invernal, por lo que los ejemplares
de mayor tamaño y más saludables se encuentran en las umbrías y lugares
donde corre el agua. Espacios que en nuestra sierra se encuentran junto
a las fuentes y todas las laderas norte. En estos lugares, ya que es
una especie que brota de la cepa, puede llegar a formar grandes masas
impenetrables, si no han sido tratados como bosques adehesados.
El bosque
El
marojo forma bosques de bastante extensión, sobre suelos silíceos,
raramente calizos, principalmente en clima de carácter subatlántico
o ibérico continental. Para entendernos podemos denominar Quercus a
todos los árboles que dan bellotas, y este emparejamiento con especies
de cualidades similares, le ha llevado a ser, en muchas ocasiones, el
sustituto del encinar cuando el terreno cobra altura (400-1600 metros)
No
es fácil encontrar bosques de marojos bien conservados en latitudes
tan meridionales como la de Aragoncillo. Lo cierto es que el forastero
puede extrañarse de encontrar marojos en lugar de pinos, y su sorpresa
convertirse en asombro al descubrir la belleza de este bosque. En cualquier
época del año en la que se visite es un placer perderse por sus caminos
y disfrutar del frondoso verdor nuevo de la primavera, el más oscuro
verde y fresco del verano, el dorado del otoño, que alfombra el monte
y lo enriquece y el frío y pelado ramaje del invierno, descubierto
inevitablemente por el frío.
El
marojo era, en otros tiempos, relativamente abundante en los entornos
que, gracias a su abundante pluviometría y la peculiar litología,
se le hacían acogedor. Actualmente la extensión que ocupan ha quedado
muy reducida, debido principalmente a que estos bosques han sido sustituidos
por plantaciones de pinos. La degradación del marojal permite la entrada
de encinas, jaras, brezos, e incluso de quejigos, árboles entre el
roble y la encina que alcanzan los 20 metros y que se adapta al duro
clima de media montaña. En cualquier caso, la escasez da a estos bosques
un valor muy especial, pues son testigo del estado antiguo de la cubierta
vegetal, hoy refugiados en las zonas más favorables y menos trastornadas
por el hombre.
También
se encuentra una vegetación original en el bosque de marojos, una vegetación
eurosiberiana que se refugia en su ambiente umbrío y húmedo. Allí
pueden llegar a darse plantas tan curiosas como las delicadas hepáticas,
prímulas y fresas silvestres. La fauna que se alimenta a partir de
toda esta vegetación es variada y no es raro encontrar jabalíes, zorros,
conejos, ardillas, lirones, erizos, comadrejas, buitres, mochuelos,
codornices, lagartos, culebras o las temida y contadas víbora, por
citar algunos.
Siempre
se ha dicho que un pueblo es rico por sus bosques, destacando el valor
económico que desarrollan estas superficies para el progreso de las
zonas rurales y los municipios que viven en contacto con la naturaleza.
La explotación de este bosque en las últimas décadas ha venido derivada
por la necesidad de la elevada carga de combustible que posee su madera.
Así, las costumbres de poda y tala que se desarrollaban en el pasado
han deteriorado algunas zonas, principalmente en las laderas sur, que
son las que vemos desde el pueblo, donde el árbol encuentra más sequedad
en un terreno sin sombras y tarda mucho más tiempo en reponerse.
Hoy
día, el marojal de la sierra de Aragoncillo tiene una extensión considerable,
formando un pasillo que comienza en Anquela del Ducado y, aprovechando
el cauce del mesa, llega, con zonas mejor conservadas que otras, hasta
Canales. De ahí parte un bosque que alterna buenos pinares con marojales
hasta Molina de Aragón.
Estado actual
Sin
embargo, los marojales han sido bosques poco protegidos por la legislación.
Por ello, el estado de conservación es en general bastante pobre, presentando
a menudo una estructura de monte bajo. No es noticia recordar que nuestros
bosques son constantemente víctimas de accidentes, incendios, malas
gestiones, sobreexplotación... Es alentador saber que la Comunidad
de Castilla-La Mancha ha solicitado que la Sierra de Aragoncillo forme
parte de la Red Natura 2000, futura red de espacios naturales protegidos
por la Unión Europea. El Código Natura es el ES4240017, e incluye
casi 50.000 hectáreas, desde las parameras de Maranchón, las hoces
del Mesa y Aragoncillo. Bien es verdad que las directrices actuales
de la UE confieren a la población local un papel estratégico en la
tarea de la conservación de los bosques, permitiéndose un uso controlado
compatible con la conservación del espacio natural.
Pero
sin echar las campanas al vuelo, y a pesar de los Planes de Conservación
de la Naturaleza que la Comunidad ha puesto en marcha los últimos años
los bosques no se regeneran en poco tiempo. Tal es así que aún podemos
ver algunos ejemplos de deterioro evidente en los alrededores de Aragoncillo.
No hay que ir muy lejos para ver, camino del depósito viejo o en las
laderas que acompañan la ascensión al Cerro, el monte bajo, habitado
por jaras y pequeñas cepas de árboles que tratan de crear su espacio.
Sólo
un poco más allá se recuperan algunos marojos ya de un tamaño
razonable, extendiéndose a duras penas por algunos terrenos que en
otros tiempos fueron bosque. Es cierto que cuando se siguen varios años
de lluvias en la época fría, los árboles están más sanos. Así
ha ocurrido esta temporada, de modo que estos días, si se mira el bosque,
se hace con ojos optimistas, descubriéndole más frondoso que otros
años, tupido, atrevido y conquistador de montes baldíos. Sería importante
para el pueblo que el bosque recuperara parte de estos terrenos, y que
el bosque bajo adquiriera la altura que tuvo en otras épocas. Cuando
esto ocurre se evita la erosión, se dispone de madera por parte de
los vecinos, se enriquece la tierra, el mismo papel que este árbol
cumple en las dehesas. No hace falta recordar que el marojo es un árbol
que, como la encina, forma parte de magníficas dehesas para pasto.
Otros
casos que descubrí no hace demasiado son las cicatrices que le
quedaron al Cerro de la Señorita en los terrenos que antaño fueron
dedicados a huertos. Se encuentran cerca de la fuente de la Praulaisa
y tal es su ubicación que si no vas a buscarles es probable que no
los veas. El caso es que aquí se despojó a la tierra de los cepellones
de los que crece el marojo. Debido a que se encuentran carentes de sombras
en la cara sur del Cerro, donde el sol convierte a estos terrenos en
secas y duras tierras que sólo las jaras son capaces de habitar, no
crecen nuevos árboles. Las dimensiones de estos huertos no fueron pequeñas,
pues varias hectáreas ocupaban. ¿Qué dejadez nos ha llevado a no
repoblar estas cicatrices en el monte, heridas que fueron hechas en
otros tiempos, cuando el hombre necesitó echar mano de él? Desgraciadamente
no es éste el único ejemplo que podemos encontrar.
Conclusiones
No
me considero el más indicado para hacer ninguna propuesta de gestión
del monte y del bosque. Sólo he pretendido dar a conocer algunos aspectos
de este árbol y del bosque que forma. Sin embargo, en tantas ocasiones
no puedo evitar soñar con encontrar en la sierra erguidos y orgullosos
troncos centenarios, e imagino cómo sería el paisaje si el bosque
bajo se hiciese alto. También la lógica me habla, y si son pocas las
dehesas de que disponemos, nuevos árboles las protegerían de la erosión
y las enriquecerían. Sin hablar de un sistema eficaz de podas y limpias
selectivas que provocase una regeneración magnífica. En cualquier
caso, estas últimas líneas corresponden a las palabras de un soñador,
y se aproximan más a una consulta técnica que a una exposición genérica.
El
monte y el bosque van íntimamente unidos, está en nuestras manos
que mantengan un sistema armónico. ¿Cómo fueron los bosques y cómo
son hoy? A sus riquezas hay que sumar otras que no son menos importantes.
No hay nada que objetar a la belleza de un bosque de árboles viejos
y sanos. En nuestras manos está que algún día volvamos a tenerlos.
César Silgado
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EL MONASTERIO DE BUENAFUENTE DEL SISTAL
El Monasterio de Buenafuente del Sistal
A Buenafuente del Sistal se llega por la carretera que naciendo en Alcolea del Pinar desde la N-II, pasa por Luzaga, Riba de Saelices y Huertahernando. En un paisaje de oscuros bosques de sabinas, y una atmósfera limpia y brillante, el monasterio de la Madre de Dios de Buenafuente saluda al viajero y le promete momentos de sosiego y sorpresas.
Las monjas cistercienses o bernardas que lo pueblan dan la bienvenida al viajero. Lo pueblan, en ininterrumpida sucesión, desdel el siglo XII. Se puede visitar el templo monasterial, un Museo que tienen, y aún comer y dormir en la Hospedería que mantienen. Antes de ir, para esto, conviene llamar al Teléfono 949 835032.
(del libro Monasterios Medievales de Guadalajara, AACHE Ediciones)
Es este el único monasterio cisterciense que queda vivo en la provincia de Guadalajara. Su origen es remotísimo, perdido como está en casi inaccesibles alturas boscosas del Alto Tajo, y cuenta por siglos su larguísima existencia, su peregrinación azarosa por la historia. Tras haber vivido en sus pétreas carnes, y en estos últimos años, el milagro seguro de una muerte anunciada y una resurrección no prevista, hay es verdadero faro de luz en el movimiento espiritual del Císter y de la Iglesia Católica. Una historia, la de Buenafuente, como para ser contada.
La fundación de este Monasterio, plenamente anclada en la Edad Media, pertenece a los canónigos regulares de San Agustín. Muy poco después de ser reconquistada la región a los moros, concretamente en la cuarta decena del siglo XII, ya se pusieron las miras del monarca castellano Alfonso VII en la raya del Tajo, para afirmarla por suya no sólo con castillos, sino también con monasterios. Mitad canónigos, mitad guerreros, recibieron terrenos en diversos lugares de la orilla derecha del río Tajo, y allí pusieron pequeños puestos (vigilancia y oración), de los que sólo este de Buenafuente llegaría a cuajar en auténtico monasterio. Los otros, Alcallech, Grudes y el Campillo, nunca pasaron de pequeñas casas con huerta. El primer momento fundacional, que hay quien lo pone en 1126, no puede asegurarse hasta 1176, en que leemos su primer documento conservado. En ese año, el señor de Molina, Pedro de Lara, les dona las salinas de Anquela. Por entonces regentaban la heredad del Campillo, cerca de Zaorejas, y alfonso VIII les había dado tierras suficientes para que dos pares de bueyes las labraran allí donde se juntan el río de molina, y el Tajo (lo que hoy conocemos como Puente de san Pedro). Más tarde aún, en 1226, don Gonzalo Pérez de Lara, señor de Molina, y su esposa Sancha Gómez, les donan un terreno labrado, con su molino, entre Anquela y Selas. Años después, en 1234, el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada se lo compró; y de ahí se sucedieron rápidos los cambios que lo pusieron en manos del Císter.
Como un aparte, y ya que hablamos de canónigos regulares de San Agustín, y de la Edad Media en el Señorío de Molina, cabe recordar que también en lo más estrecho del barranco de la Hoz, en el río Gallo, tuvieron inicial monasterio estos religiosos. También en el siglo XII, concretamente en 1172, ya lo ocupaban, por donación del obispo de Sigüenza. Se denominaba "Santa María de la Foz" y recibió ayudas y donaciones de los condes de Molina. Si la tradición dice que antes había sido aquel lugar, paradisiaco y hermoso, propiedad de los templarios, también es cierto que luego pasó a ser propiedad de la Orden del Císter, y sin llegar a tener categoría de monasterio autónomo, figuró durante los siglos de la Baja Edad Media como una finca ó ermita propiedad del monasterio de Ovila, la gran abadía puesta, aguas abajo, en la misma orilla derecha del Tajo.
Tras la compra, en 1234, de Buenafuente por el arzobispo Ximénez de Rada, pasó a poder del Cabildo de la catedral toledana. Esta compra se hizo en la abadía francesa del Monte Bertaldo, de la que dependía la molinesa. En 1242, el mismo arzobispo lo cedió a doña Berenguela, hija de Alfonso VIII y madre de Fernando III, con la condición de que pusiera allí un monasterio de monjas de la advocación de la Santísima Virgen. Doña Berenguela se lo cedió a su hijo don Alonso, a la sazón señor de Molina por haber casado (tras la concordia de Zafra) con doña Mafalda, hija del Conde don Gonzalo Pérez de Lara, y a este infante don Alonso, el de Molina, quien al año siguiente, en 1243, se lo vende por 4.000 maravedís alfonsíes a su suegra doña Sancha Gómez, con la expresa condición de poner en él un monasterio de duennas de la Orden de Cistel. Tras algunas lentas gestiones de los abades cistercienses de Pontiniaco, Ovila y Monsalud ante el obispo de sigüenza, al que todavía quedaba el lugar sometido a jurisdicción, en 1246 doña Sancha Gómez cedía al abad de Santa María de Huerta aquel enclave para que en él se hiciera, real y definitiva, la fundación de un monasterio de monjas del Císter. Fueron traídas religiosas de Casbas, en tierra de Huesca, y en muy pocos años se levantó, creció, y floreció para siempre este cenobio, con la ayuda de los condes de Molina, los obispos de Sigüenza y los abades de Huerta.
Desde un primer momento, y por donación de doña Sancha Gómez, la fundadora, y de sus sucesores, Buenafuente se enriquece con donaciones de territorios, privilegios, casas y dineros. La heredad de Alcallech, cerca de Aragoncillo, quedó como habitable para ellas, así como el Campillo de Zaorejas, la Huertaquemada, la heredad de Beteta, la zona de Alpetea en Villar de Cobeta, etc. Doña Blanca, la quinta señora de Molina, le dio en 1293 las villas de cobeta, el Villar y la Olmeda. De Domingo Pérez reciben en 1296 la heredad completa de Esplegarejos, y así durante los siglos XIII y XIV van aumentando de forma muy notable sus propiedades y riquezas, surgiendo al mismo tiempo, en derredor del formidable monasterio de firme piedra y contundentes líneas románicas, todo un poblado en el que viven, a su sombra, los servidores y aparceros del mismo.
Mediado el siglo XV, y como reflejo de un cisma en el monasterio de Santa María de Huerta entre los monjes que lo formaban, hubieron de salir las dueñas de Buenafuente de su casa. En 1427, el abad de Huerta les mandó que fueran a la humilde y estrecha casa de Alcallech, junto a Aragoncillo, mientras Buenafuente era ocupado por algunos de los frailes de Huerta. En 1455, normalizado el conflicto en el cenobio soriano, la nueva abadesa doña Endrequina Gómez de Mendoza inició el traslado de sus monjas a Buenafuente, lo que le fue impedido por los frailes que aún quedaban allí y se resistían a abandonarlo. Tras largas y duras negociaciones, con el apoyo del obispo seguntino, y por letras ejecutorias de Roma, en 1480 consiguieron las monjas ocupar de nuevo, en la paz secular, su hogar perdido.
Nuevos problemas se presentaron, pero casi tres siglos después. Fue a comienzos del XIX, en ocasión de la guerra de la Independencia. Por miedo a las tropas napoleónicas, que por los pueblos cercanos anduvieron, destrozando cuanto encontraban, las monjas huyeron y se refugiaron en unas cuevas cercanas, en la bajada hacia el Tajo. Mientras tanto, en cuatro meses solamente, los franceses allanaron templo y monasterio, destrozando bastantes de sus cosas. En 1835, la Desamortización de Mendizábal supuso la pérdida completa de sus bienes: tierras, casas, juros y derechos. Solo les quedó al edificio y sus pertenencias personales. Poco más necesitaban para seguir ejerciendo su secular misión religiosa. El último de los milagros -que así podríamos llamarlo- ocurrido en Buenafuente tuvo lugar en 1971, en ocasión de la grave crisis que supuso la casi despoblación del monasterio (pocas y muy mayores, las monjas solo vieron por salida vender todo aquello y marchar a integrarse en otro monasterio). La llegada de un capellán con ideas y decisión (Angel Moreno) y los favores recibidos desde fuera, relanzaron a Buenafuente, que adquirió y hoy mantiene una llama de espiritualidad que justifica su permanencia, tras tantos siglos, en aquella remota y silenciosa altura de los sabinares molineses.
El edificio
El monasterio de Buenafuente del Sistal se compone de un conjunto de construcciones que albergan las dependencias monacales, de un templo magnífico, y de un conjunto de edificios que en su torno forman una especie de pueblecillo en el que surgen, unas nuevas y otras restauradas, las casas de recogida de ancianos, de ejercicios, de juventudes, y otros usos que sirven para dar vida a aquel poblado con una articulación de servicio a la comunidad.
Lo más interesante del conjunto de Buenafuente es, por supuesto, el templo monasterial. En su origen, fue solamente una pequeña ermita que recogía en su seno a la fuente milagrosa (la Buenafuente) de uso muy anterior, y de culto quizás precristiano. Se situaba esta ermita junto al terraplén que hoy limita al monasterio por el norte, y se la puso una puerta orientada al norte y su cabecera o presbiterio hacia mediodía.
Pero el templo de Buenafuente se alzó definitivo y grandioso a partir de mediados del siglo XIII, cuando a él llegaron las monjas del Císter. Su planta es rectangular, alargada de levante hacia poniente, de una sola nave, como corresponde a un templo monasterial femenino, en el que nunca había más de un oficiante, y por lo tanto no necesitaba más de un altar. Por eso su ábside es único, y además ofrece la curiosidad de ser de planta cuadrada, decorado en su muro exterior por un ventanal estrecho escoltado de columnas, capiteles y arcos semicirculares, y un óculo circular en lo alto. La nave consta de cuatro tramos y el presbiterio. El nivel del templo varía según los tramos, siendo más elevado en los pies (correspondiente a la primitiva ermita) y en la cabecera, donde el presbiterio se alza levemente. La bóveda de esta iglesia, de un marcado acento medieval y románico, es de cañón, ligeramente apuntada, y se ve reforzada por arcos fajones en su parte de la cabecera, que apoyan sobre amplias ménsulas decoradas a base de molduras y elementos vegetales incisos. En los pies, los dos tramos se separan también por arcos fajones, pero en este caso apoyando en pilastras adosadas al muro, rematadas por capiteles anchos y grandes, decorados de temas vegetales simples.
En esta iglesia de Buenafuente, destacan algunos elementos de interés. Por ejemplo, el hecho de que la fuente que da nombre al monasterio sigue manando, y lo hace en el interior del templo, en un hueco al que da cobijo el muro de poniente. Existen tres grandes retablos, todos ellos de época barroca: el mayor, presidido por la Virgen titular, iluminado por el óculo o ventanal del ábside, y dos laterales, dedicados a San Bernardo y otros santos cistercienses, con un magnífico escudo heráldico de la monarquía castellano-leonesa.
Al exterior, la iglesia tiene un aspecto fortificado. El ingreso se hace por su cara norte, pues la del sur está adosada al monasterio y clausura. La puerta principal actual es moderna, quizás del siglo XVI, y es muy sencilla, con arco semicircular moldurado apoyado en pilastras. La primitiva puerta de ingreso, que quizás lo fueses también de la inicial ermita, se abre en el primer tramo de la nave, a los pies de la misma. Es una soberbia pieza de estilo románico con influencias netas de la región languedociana. Se incluye en el grueso muro, y forma un bloque en el que aparece, en el remate, una serie de arcos sobre canecillos, al estilo lombardo, tema que se repite por toda la cornisa del templo, incluso en su costado meridional. La portada se remata por cornisa apoyada en canecillos de decoración sencilla geométrica, y se escolta de sendos pares de columnas con capiteles de decoración incisa. Es de arco semicircular, adovelado, que descansa en jambas rematadas en capiteles de base rectangular ornados por elementos vegetales incisos. A su vez el arco se recubre de tres arquivoltas baquetonadas que apoyan sobre columnas y capiteles de tema vegetal.
Otra portada, de similares características, aunque mejor conservada por haber estado siempre a cubierto de la intemperie, aparece sobre el muro sur, permitiendo el paso desde el claustro monasterial (que se adosa al costado sur del templo). Consta asímismo de arco de medio punto, adovelado, y tiene tres arquivoltas, otras tantas columnas a cada lado con sus correspondientes capiteles, y remata con un recercado de bolas, y cornisa apoyada en canecillos.
El conjunto de iglesia y monasterio, del que sobresale la espadaña ade las campanas, y la mole de dependencias de la clausura, la hospedería, etc., es de una apariencia subyugante, muy evocadora, inserta además en un paisaje serrano, alborotado por todos sus costados de montañas y bosques de sabinas.
En la capilla construída recientemente para servir de oratorio de la Casa de Ejercicios, y para el culto diario de la comunidad de monjas, están colocadas las dos mejores piezas escultóricas del monasterio: el Cristo de la Salud, pieza extraordinaria de estilo gótico, tallada en madera, muy expresiva, y la Virgen denominada "la Francesita" de estilo románico, muy bien restaurados y conservados. Merecen una visita.
Consejos para la visita
El camino más directo se hace por la autovía de Aragón, desviándose a la altura de Alcolea del Pinar, en dirección a Luzaga y Riba de Saelices, cogiendo la carretera local de Alcolea a Villar de Cobeta. Cuidado y no despistarse, pues la salida de la autovía está mal indicada. 24 kms. después, sin dejar esa carretera, y tras atravesar densos pinares, cañones rocosos, el lindo valle del río Salado, y los sabinares de Huertahernando, se llega a este ilustre y antiquísimo monasterio cisterciense, vivo hoy, y ocupado por una activa comunidad de monjas bernardas. Restaurado con cuidado y buen gusto, puede visitarse a diario su entorno y la iglesia románica, pidiendo la llasves o alguien que acompañe en la Casa de Ejercicios, que está en el mismo edificio del monasterio. Además, se puede quedar el viajero a comer, ó a pasar algún día de descanso y retiro del mundo. Para éllo, es imprescindible llamar antes y exponer su deseo en el teléfono 911/835032.
Historia de los monasterios medievales de Guadalajara
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CONOCER LA COMARCA C.H.REYES
Siguiendo nuestro caminar y sin desviar un paso de nuestro cometido, conocer el señorío, llegamos a uno de los pueblos más importantes de la comarca, Corduente. Pero Corduente no está sólo, su término municipal, uno de los más extensos del señorío, lo comparte con otros municipios anexos y que son los siguientes: Aragoncillo, Canales de Molina, Cuevas Labradas, Lebrancón, Torete y Ventosa.
CORDUENTE
Para empezar, Corduente y toda su extensión territorial, 235,92 km2, es un municipio enclavado en la sexma del sabinar, a una distancia de la capital de la provincia de 135 km, llegando a él por la carretera Nacional 211 que transcurre entre Alcolea del Pinar y Molina. Se encuentra a 1.058 metros sobre el nivel del mar y posee en la actualidad una población de derecho de 425 habitantes, incluyendo en ellos, los pocos que se encuentran repartidos por los pueblos anexos que integran su término municipal. Dirige su Ayuntamiento y el destino de sus gentes D. Fernando Miguel Madrid, alcalde de estas tierras.
Corduente surgió, como casi todos los demás pueblos del señorío, allá por el siglo XII, durante la repoblación llevada a cabo en estas tierras por la familia Lara, señores de Molina, perteneciendo desde siempre a la común. En 1.642, Jorge De Vande, industrial de origen luxemburgués, creó aquí, a las órdenes del Conde Duque de Olivares, una fábrica de artillería, en la que se fundían las balas y bombas que abastecían a las tropas destinadas en Cataluña, durante la revuelta en contra de la política de unificación del valido del Rey Felipe IV. El día 29 de junio de 1642 y con motivo de la inauguración de dicha fábrica, el Rey Felipe IV visitó la misma y quedó tan impresionado por el paisaje y por el sabor de las truchas del Río Gallo que permaneció en Molina hasta el día 21 de julio, y mientras duró la guerra, no comió otras truchas que no fueran las pescadas en este río. La fábrica se mantuvo en funcionamiento hasta el año 1672.
Su economía, aparte de la fábrica de armas antes mencionada y que desapareció hace ya bastante tiempo, se ha basado siempre en su fértil vega, con un gran número de huertas, nacidas a orillas del Río Gallo, y grandes campos de cereal facilitados por la llanura de su terreno. Hoy, la despoblación de la zona y los cambios de hábitos en la población, hacen que pocos persistan en la labor de cultivar sus campos y desarrollar su agricultura, intentando compaginar su devaluada agricultura con el naciente turismo que llega a esta tierra y que poco a poco, la está dando a conocer fuera de la comarca.
Dentro de su casco urbano pocos edificios son de destacar, si acaso su plaza mayor que es un ensanchamiento de su calle principal o calle mayor que atraviesa el pueblo de parte a parte, con el edificio del Ayuntamiento y de la iglesia parroquial. Una fuente pública y troncos de olmos decoran esta amplia plaza. El Ayuntamiento de fachada aportalada con arcos es el edificio civil más destacable del municipio y en él se encuentra el bar del Centro Social, donde fielmente se acude a echar la partida. A la Iglesia parroquial, ubicada también en la misma plaza, se accede por una escalinata de sillería. De la misma destacar su portada con arco de medio punto y su torre orientada a poniente. Escaso bagaje artístico que tampoco se completa con su interior, donde no existe talla o detalle alguno que merezca destacarse.
De sus alrededores destacar el enclave de Santiuste, con su castillo, hoy de propiedad particular, restaurado por sus actuales dueños. Este enclave perteneció siempre al común de Molina hasta que D. Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el “caballero viejo” lo adquirió y pidió permiso al rey Juan II para edificar en él su castillo, de planta cuadrada, con cuatro torres y con puerta en forma de arco de medio punto y el escudo de los Ruiz de Molina, en su frontal. Destacables son igualmente los bellos paseos que se pueden dar por los alrededores del pueblo, rodeados de huertas, campos de cereal y una densa arboleda compuesta por nogales, moreras y extensos pinares. También son destacables dos enclaves que se encuentran dentro de su territorio y que son mudos testigos de la densa población que en otros tiempos existió a las orillas del Gallo, son los Caseríos de Cañizares y de Castellote. Del primero de ellos decir que perteneció al Cabildo eclesiástico de Molina y que hoy sólo quedan unas pocas ruinas de su iglesia. Del segundo de ellos quedan escasos restos.
En Corduente se celebra la festividad de la virgen de septiembre, por lo que sus fiestas tienen lugar en la segunda semana de dicho mes.
Aragoncillo
Situado al norte del término municipal de Corduente, y perteneciente también a la sexma del sabinar, Aragoncillo es un pueblo situado a una altitud de 1.267 m. sobre el nivel del mar y al margen derecho de la carretera que va de Molina a Alcolea, aunque fuera de la vista de los transeúntes que por ella circulan, ya que se encuentra oculto tras una loma, aunque si se observa claramente en la lejanía su cerro de la señorita. Tiene censados en la actualidad 28 habitantes de derecho y se distancia de la capital de la provincia en 119 km. En este pueblo se produce un curioso fenómeno meteorológico denominado el efecto Foing, cuyo efecto impide que los frentes de lluvia que entran por el oeste de la península lleguen con fuerza a toda la comarca, ya que suelen quedarse allí, en las montañas de Aragoncillo, que actúan de barrera.
Su origen se remonta a la repoblación y destacar de su historia que en él se instaló el monasterio de Alcallech del que hoy solo quedan escasos restos en el barranco de las monjas.
Dicen las pocas personas que en él habitan que en un pasado el pueblo era rico en minerales de cinabrio, plomo y mineral de hierro, y hábiles sus gentes en el encurtido de pieles de cabra con la que confeccionaban unos calzones y chalecos color marrón que les dio fama en la comarca.
Dentro del pueblo destaca su iglesia de origen medieval y con posteriores incorporaciones artísticas de escaso valor, aspecto sencillo y sin ningún dato ni objeto relevante en su interior. Un pairón en la entrada al mismo, su fuente de piedra artificial y algunas casonas de estilo molinés es su escaso bagaje artístico.
Aragoncillo celebra sus fiestas en agosto en honor al patrón del pueblo: San Bartolomé.
Canales de Molina
También al norte del territorio ocupado por este municipio nos encontramos con Canales de Molina, pueblo situado igualmente al margen derecho de la Carretera Nacional 211, según discurre de Molina a Alcolea. Su situación elevada hace que pase desapercibido a la vista de los transeúntes que por la carretera circulan. Una fuente de abundante manar nos da la bienvenida al pueblo, hoy escondida entre la maleza existente al borde de la carretera. Su censo de poblaciones de 60 habitantes, su altitud alcanza los 1.158 m y se distancia de Guadalajara en 124 km.
De su tierra destacar lo pedregoso del terreno que la hace improductiva para el trabajo agrícola, y donde abunda las hierbas aromáticas (tomillo, lavanda, poleo…), aliagas y sabinas.
Este municipio de Canales perteneció siempre al común molinés y sus gentes basaron siempre su pobre economía en la ganadería y en la explotación forestal.
De su reducido casco urbano, destacar su iglesia parroquial de sencilla construcción y con pequeños retablos de estilo barroco popular en su interior y su torre campanario rematada con bolones y pequeños monolitos de forma piramidal que la hacen singular.
En sus alrededores destaca la existencia de notables ruinas de antiguas torres vigías o atalayas, que las gentes del pueblo llaman “Los Castillos”, construidas en época de la reconquista para defender la capital, Molina, de las posibles incursiones provenientes del vecino reino de Aragón.
Pero si algo es destacable en este pueblo es la existencia de la denominada Peña escrita o Peña del Moro, como la denominan los lugareños. Su difícil situación y localización, en un espeso pinar, denominado el arroyo de Valdecanales, hace que solo con la ayuda de un experto guía del lugar se pueda acceder a ella para ser visitada, y su ubicación en alto hace asimismo de difícil observación a no ser que se pudiera mirar desde el aire. Se trata de una roca plana saliente en forma de visera o cobertizo cuya superficie está cubierta de abundantes signos jeroglíficos y figuran humanas a las que hoy en día nadie les da una explicación. Dice la leyenda que en aquel lugar estuvo escondida una mora, mitad mujer, mitad serpiente, que salía de su refugio un solo día año, el día de san Juan, y que se entretenía dibujando extraños signos. Otras interpretaciones más realistas y modernas parece que otorgan a estos grabados un origen neolítico o celtíbero o incluso se les otorga el valor de simple entretenimiento de pastores.
En canales se celebra como fiesta mayor el día de San Antonio, trasladada al mes de agosto desde el 26 de Junio, para mejor regocijo de los que de fueran vienen.
Cuevas Labradas
Cerca de la desembocadura del río Gallo en el Tajo, al margen izquierdo del Gallo, nos encontramos con el pequeño municipio de Cuevas Labradas. Ubicado sobre un otero al que se asciende trabajosamente por prolongadas curvas y contra curvas y rodeado de frondosa vegetación y pintorescos valles y cortados. Esta aldea situada a 1.054 metros sobre el nivel del mar, a una distancia de 152 km y con una población de derecho de 12 habitantes, se ubica al Suroeste del basto territorio ocupado por el municipio de Corduente.
Cuevas labradas es típico pueblo serrano, humilde y pacífico, donde domina el silencio. Dentro de su casco urbano destaca la torre del Reloj en lo alto de unas peñas, su calle Real y su fuente pública construida en el año 1909 y el frontón de pelota, desde el que se observa unas bellas vistas de su territorio: los cerros mirones al sur, la falda del Cornero al oeste (cerro más alto del término); el puntal de la Hoya y el Picón del Águila.
En Cuevas Labradas destaca la calidad de su miel producida en numerosas colmenas que allí se encuentran y como anécdota la aparición de su nombre en la obra de Tirso de Molina “El Colmenero divino” quien parece ser que debió ser un gran conocedor de esta zona.
De su iglesia, dedicada a la Asunción de la Virgen María, destacar su torre espadaña de forma triangular orientada a poniente, la buena clavetería en su puerta y la existencia de artesonados en la nave y en el presbiterio, ambos separados por un arco y algún retablo con buenas pinturas, con reminiscencias románicas.
De su entorno paisajístico destaca el paraje de los “Estrechos”, por cuya garganta baja el Río Gallo, rodeado de pequeñas y fecundas huertas.
Cuevas Labradas celebra las festividades de la Candelaria y San Esteban, una en invierno y otra en verano, unidas ambas para celebrarlas durante el mes de Agosto.
Lebrancón
Este municipio, del que poca o ninguna información aparece en la red, está situado al sur del término municipal de Corduente. Tiene un censo de población cercano a los 20 habitantes, situándose a una altitud de 1.120 metros sobre el nivel del mar. Y, a su vez dentro de él, nos encontramos con el caserío de Cuevas Minadas.
Del casco urbano de Lebrancón destaca su Plaza Mayor con dos antiquísimos olmos y una fuente pública de la que mana abundante agua. La Iglesia parroquial queda por encima de la plaza y a ella se asciende por una amplia escalinata con torre espadaña orientada al oeste. Su construcción debió terminar en torno al año 1539, como se indica tallado en una de sus piedras. De su interior destacar que tiene una sola nave, cuya cobertura esta decorada con arabescos policromados y un interesante retablo mayor de estilo barroco e imagen escultórica de la Virgen de la Asunción que data del siglo XVIII.
En las afueras del pueblo destacar la ermita dedicada a la Virgen de la Soledad y el paraje de la Herrería, de bonito paisaje, y una tranquilidad que recarga las pilas de cualquiera que por aquí quiera perderse.
Lebrancón celebraba sus fiestas el día del Corpus, pero como muchos otros pueblos, estas fiestas han sido trasladadas en su celebración, junto a las festividades de la Asunción y San Roque a los días céntricos del mes de agosto.
Sin olvidar la mención arriba realizada del caserío de Cuevas Minadas que se encuentra dentro del término municipal de Lebrancón, decir del mismo que hoy es una finca particular sin habitantes, abandonada. Este caserío perteneció en la antigüedad a los obispos de Sigüenza, pasando posteriormente a ser propiedad de la familia de3 los López-Pelegrín. En el todavía quedan restos de un viejo castillo en cuyas inmediaciones surgió un pequeño núcleo de población en las inmediaciones del siglo XII.
Torete
Al Oeste de lo que es el núcleo urbano de Corduente, nos encontramos con el municipio de Torete, situado en la margen derecha del Río Gallo, más debajo de la confluencia del Gallo con el Bullones, a 966 metros sobre el nivel del mar, integrado dentro de la sexma del Sabinar e integrado dentro del Parque Natural del Alto Tajo. Poseía Torete una población de 58 vecinos censados, allá por los 90, los que previsiblemente hoy se habrán visto reducidos. Integrado dentro de su territorio la villa de Torrecilla del Pinar.
La especial singularidad de todos estos pueblos es el cauce del Río Gallo que les une en su discurrir y les otorga unas características comunes a todos ellos. Así la existencia de infinidad de pequeños huertos en su ribera, ha caracterizado, desde antiguo, la economía de toda esta zona. Hoy el turismo hace que sobreviva la zona, ampliamente visitada por excursionistas y pescadores.
En sus calles posee el pueblo típicas casonas molinesas, de tres plantas alguna de ellas. Una hermosa fuente pública construida en sillar y con abrevadero para el ganado. Una magnífica Iglesia, una de las más modernas y curiosas de la comarca, con un retablo mayor en la que a falta de imágenes religiosas aparece una sabina de tres brazos, llevada allí desde el paraje denominado “Barranco del ahorcado”.
Pero si algo tiene de destacable, aparte de lo ya mencionado, es su entorno paisajístico, abrupto, con infinidad de especies arbóreas (Pino silvestre, Roble, Sabina…) que se entremezclan acompañando al Río hasta su unión con el Tajo en el lugar conocido como “las Juntas”, bajo el Puente de San Pedro. Discurre el Río entre escarpadas moles de piedra del periodo Cretácico, rodeadas de inmensos e intensos pinares entre los que destacan los cerros del Castillo, el Castaño y el Picón de los Burros y una necrópolis ubicada en un bucólico rincón que permanece aún sin estudiar.
De sus fiestas populares destacar que se celebran el 15 de agosto en honor a la Asunción de la Virgen
Y para terminar con esta aldea, hacer mención de Torrecilla del Pinar, integrada hoy dentro de su territorio, y que se trata de un antiquísimo poblado con categoría de villa, cuyas viviendas se encuentran hoy malamente conservadas entre pinares. Esta villa perteneció históricamente a Cobeta. Es lugar de difícil acceso y en el que solo cabe destacar que aun se mantiene el pie su sencilla iglesia, encima de unos enormes peñascos.
Ventosa
Y para terminar con este extenso recorrido por el territorio de Corduente y de la Sexma del Sabinar, nos encontramos con Ventosa, enclavada en el centro del territorio y que a su vez tiene como enclaves anexos los otrora municipios de Teroleja, Terraza y Valsalobre, todos ellos al este de Ventosa. Su altitud alcanza los 1.040 metros, sobre el nivel del mar, su población las 12 almas y se distancia en 140 Km de la capital, Guadalajara.
Del pueblo de Ventosa merece hacer mención de su Ayuntamiento, vistoso y elegante, obra de reciente construcción, a mediados del siglo XX, y cuya silueta domina la plazuela en la que asimismo encontramos una moderna fuente pública., con grifo. Esta plaza está dedicada a D. Angel Pradel, hijo predilecto de la villa. En cuanto a su iglesia parroquial esta situada a las afueras y de ella destacar su torre de forma piramidal orientada al oeste, con características románicas.
De su perímetro mencionar el denominado Cerro Coronado, con resto de un antiguo castro celtíbero, con gruesos muros defensivos, perteneciente a la edad de hierro.
Celebra Ventosa sus fiestas patronales en honor a San Pascual Bailón el día 17 de mayo y siguientes.
Pero, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, y de justicia y derecho es decir que al territorio de este pueblo pertenece el Barranco de la Hoz, uno de los paisajes más espectaculares y llamativos de la provincia de Guadalajara, su hospedería y ermita dedicada a la Virgen de la Hoz, patrona del Señorío. Dice la leyenda que un pastor de vacas de Ventosa, allá por el siglo XII, perdió una de sus reses y anduvo buscándola durante todo el día hasta que cayó la noche y se encontró perdido en la Hoz del Gallo, al rato vio una luz salir de entre unos riscos, y se acercó a ella y encontró la imagen de la Virgen. Tras varias deliberaciones la imagen fue trasladada a Molina, e instalada en su Iglesia mayor. Al día siguiente la imagen había desaparecido de su altar y volvió a aparecer en el Barranco. Esto ocurrió dos o tres veces hasta que se decidió construir un santuario en el barranco, lugar de peregrinación de muchos pueblos de la zona. El edificio del templo es del siglo XV, se encuentra incrustado en una enorme roca, y su interior es sencillo, de una sola nave y la talla románica de la Virgen de la Hoz, del siglo XII, que lo preside. Pero lejos del interés artístico que poseen sus edificios, lo más destacable del barranco son sus impresionantes moles de roca que forman curiosas figuras que configuran una especie de “Ciudad Encantada” y un angosto desfiladero, por el que discurren las aguas del Gallo, un espectáculo para la vista y un estupendo lugar para la pesca de la trucha y el cangrejo.
Y, para concluir, mencionar la existencia de otras tres entidades menores al este de Ventosa: Teroleja, Terraza y Valsalobre.
Teroleja se halla en un altozano a una altitud de 1.131 metros, prácticamente despoblada (dos habitantes en 1988). Su Iglesia parroquial es la joya de Teroleja, de estilo románico, en su exterior e interior, y pequeña torre espadaña orientada a poniente, portada con arquivoltas y capiteles con adorno vegetal. El atrio orientado al sur con arco de acceso es obra posterior del siglo XVIII. De su entorno destacar el castro celtíbero conocido por el Alto de la Torre.
En cuanto a Terraza poco se puede decir, solamente que se trata de un caserío perteneciente al distrito de Valsalobre, situado en una explanada en el margen derecho del Río Gallo, y en el que tenían buena fama sus viñedos. Actualmente se encuentra despoblado. Desde hace siglos el Caserío pertenece a la familia de los Arias. De su interior destaca su Iglesia de estructura románica y torre orientada a poniente. De sus alrededores merecen mención varios restos celtíberos.
Y como punto y final a este extenso recorrido, nos encontramos con el fantasmagórico lugar de Valsalobre, también prácticamente despoblado. Sus viviendas aparecen en una penosa situación de ruina y abandono, sólo el campanario de su Iglesia se mantiene destacando por encima de todas los demás edificios.
C.H.Reyes
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ARAGONCILLO A MEDIADOS DEL SIGLO PASADO.
ARAGONCILLO:con ayuntamiento de la provincia de Guadalajara,partido judicial de Molina,audiencia territorial y c.g.de Madrid,administración de rentas y diócesis de Siguenza.sita.a la falda S de las sierras de su nombre y con clima muy frió.
Tiene 67 casas de mala construcción,incomodas en sus habitaciones,y todas de piso bajo,
la casa consistorial sirve también de cárcel y sala de escuela,que desempeña el sacristán con una retribución de 3 celemines de trigo por cada uno de los 20 niños que a elle concurren.
Su iglesia dedicada a San Bartolome es aneja a la de Selas y esta servida por un teniente de fija residencia.
En las afueras hay una fuente para uso de los vecinos, una balsa para abrevadero de los ganados y tres ermitas de las cuales apenas conservan los vestigios.
Confina el termino por el Norte con desp de Chilluentes,por el Este el común del campo de la Torre por el Sur termino de Torremocha y granja de Arandilla y por el Oeste el de Selas.
Distancia entre estos confines de 3/4 a 1 legua y comprenden entre varios terrenos cubiertos de monte bajo de sabinar y marojo 2.000 fanegas de tierra de labor de las cuales son 1.500 de segunda clase,y 500 de tercera
A la parte de la sierra hay varias escabaciones de minerales y en el día se han registrado una de plomo argentifero,otra de cinabrio y otra de hierro,pero en todas son muy lentos los trabajos en el mismo lado hay algunos manantiales de corta consideración.
El terreno es montuoso,muy quebrado y áspero propio para el pasto del ganado cabrio, los caminos son mas bien travesías de pueblo a pueblo y ásperos por la calamidad del terreno,sin embargo frente al pueblo se toma el carril que sale al camino de Molina por cima de la cuesta de Anquela del Ducado.
El correo se recibe en Molina por medio de los vecinos que van al mercado.
Producción:centeno,trigo,cebada,avena,guisantes guijas,se mantiene algún ganado lanar,cabrio y mular para la labor.
Ademas de la agricultura se emplean los naturales en curtir por si mismos pieles de cabrio,dándoles el color subido de café,que emplean para vestirse,especialmente el calzón y chaleco,cuyo traje les distingue en el país.
Documentación facilita por Emilio
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